Desde el comienzo de los tiempos, los seres humanos utilizan la costumbre de colocarse nombres. El nombre no es una propiedad innata, es decir, algo con lo que uno nace. Su fin va más allá de ser propio de cada persona. El nombre es una creación de la sociedad, por la sociedad. Los nombres sirven para que el “otro” se haga dueño de mí.
Los padres colocan el nombre de su hijo al nacer. Este nombre podría ser tanto Carlota, como Natalia, como Walter, como Creostáseo. La elección del nombre es indiferente y corre por total cuenta de los padres. La duda se incrementa aún más con el desconocimiento del sexo del bebé.
Los padres comienzan el proceso de búsqueda del nombre. Cada familiar hace su aporte. Las diferentes opciones rondan entre complacer a la suegra o al pariente difunto. Hasta que las partes llegan por contrato a un arreglo entre ellos, o a un pacto por superioridad de la cabeza femenina. La madre se justifica injustamente haciendo uso de la exclusividad del sufrimiento del embarazo y posterior parto.
Por otro lado, algunas personas acuerdan que una vez obtenido su nombre son dueñas indiscutibles del mismo. Estas personas se justifican afirmando que el nombre es singular por lo que pertenece a una sola persona.
John Locke afirmaba que para algo ser de tu propiedad debería implementarse trabajo mediante. Este hecho no concuerda con la teoría individual del nombre. En todo caso, las personas son las que al utilizar tu nombre le aplican trabajo.
¿Cuántas veces pronuncias tu nombre por día? ¿Cuántas veces te “nombran” para llamar tu atención? Las personas no utilizan sus propios nombres en el ámbito de la palabra hablada. Raramente escuchas tu nombre salir de tu propia boca. Los "otros" son los que te nombran a tí. Saussure, el padre de la lingüística, dice que en la palabra hablada es donde realmente tiene vigencia el lenguaje.
El nombre por singular debe tener un único dueño. Esta unidad es la misma sociedad. La sociedad a falta de imaginación permite repeticiones. Las reiteraciones de nombres como Pablo, José, María o Ana son necesarias. Las coincidencias son objeto de charla y del “hacer sociales”. Estas características son imprescindibles para la vida del hombre.
La teoría colectiva del nombre cumple con la veracidad de que las cosas existen solo para el fin al que han sido creadas. La sociedad creó el nombre para que cada persona fuera dueña de la otra.
Los padres colocan el nombre de su hijo al nacer. Este nombre podría ser tanto Carlota, como Natalia, como Walter, como Creostáseo. La elección del nombre es indiferente y corre por total cuenta de los padres. La duda se incrementa aún más con el desconocimiento del sexo del bebé.
Los padres comienzan el proceso de búsqueda del nombre. Cada familiar hace su aporte. Las diferentes opciones rondan entre complacer a la suegra o al pariente difunto. Hasta que las partes llegan por contrato a un arreglo entre ellos, o a un pacto por superioridad de la cabeza femenina. La madre se justifica injustamente haciendo uso de la exclusividad del sufrimiento del embarazo y posterior parto.
Por otro lado, algunas personas acuerdan que una vez obtenido su nombre son dueñas indiscutibles del mismo. Estas personas se justifican afirmando que el nombre es singular por lo que pertenece a una sola persona.
John Locke afirmaba que para algo ser de tu propiedad debería implementarse trabajo mediante. Este hecho no concuerda con la teoría individual del nombre. En todo caso, las personas son las que al utilizar tu nombre le aplican trabajo.
¿Cuántas veces pronuncias tu nombre por día? ¿Cuántas veces te “nombran” para llamar tu atención? Las personas no utilizan sus propios nombres en el ámbito de la palabra hablada. Raramente escuchas tu nombre salir de tu propia boca. Los "otros" son los que te nombran a tí. Saussure, el padre de la lingüística, dice que en la palabra hablada es donde realmente tiene vigencia el lenguaje.
El nombre por singular debe tener un único dueño. Esta unidad es la misma sociedad. La sociedad a falta de imaginación permite repeticiones. Las reiteraciones de nombres como Pablo, José, María o Ana son necesarias. Las coincidencias son objeto de charla y del “hacer sociales”. Estas características son imprescindibles para la vida del hombre.
La teoría colectiva del nombre cumple con la veracidad de que las cosas existen solo para el fin al que han sido creadas. La sociedad creó el nombre para que cada persona fuera dueña de la otra.
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