sábado, 11 de junio de 2022

 

La viuda de la pandemia

Alma Amancay

 

 


 

Pero le digo, señor, que han matado a mi perro. Debe haber cámaras o algo, esto no puede quedar así -. Corta el teléfono luego de discutir con el guardia del barrio por media hora. Aprovechó para mirarse en el espejo de cuerpo completo que estaba a su lado, frente a la puerta de ingreso. Se vio espléndida, con algunas arrugas más que ayer. Desde hace 5 años que se vale por sí misma, su Luis la dejó sola por ese mal hábito del cigarrillo. Ella siempre le dijo que amaba el pucho más que a su vida y tenía razón, se la quitó. Estaba segura que era causante de alguno de los terribles incendios de los últimos años con ese mal hábito de arrojar colillas por la ventanilla, semejante pecado clandestino solo se lo podía cobrar Dios. Ahora, también la dejaba el perro, estaba desgraciada. Por suerte, el Luis le había dejado la casa del country con vista a las Sierras de Córdoba, de algo estaba tranquila, ladrones no eran.

Ya se le había hecho tarde, por ponerse a pelear con la guardia a esas horas de la madrugada, iba a llegar tarde a su clase virtual de esa mañana. Qué les iba a decir a los alumnos, que había encontrado el perro colgado de un árbol, no le iban a creer, ellos inventaban mejores escusas para ingresar tarde a la llamada: profe, tenía un turno médico, profe, mi hermana estaba usando la compu para rendir un parcial, profe, se me cortó el internet. Los chicos de quinto año la esperaban para hablar de literatura mexicana, con información sacada de internet, claro está, y luego los de sexto, para compartir sus no lecturas de Martín Fierro, mezcladas con un poco de Rincón del vago. Coronando la mañana, los alumnitos de tercero se habían copiado por Whatsapp todas las tildes del texto.

Intercalaba las clases con alguna reunión con la directora vía Meet, revisar el correo y chusmear en recreos virtuales por el grupo de profes "Nuestros alumnos primero", nombre que le quedaba algo irónico a estas alturas de las circunstancias. Allí lo del perro causó un poco más de impresión. ¿Estás bien? ¿Querés tomarte licencia? Vamos a hacer unos rezos en su nombre. Entre otras pavadas, que no entendió. Era un perro, pensó. Pero algo de impresión le causó el asunto, y aceptó lo de los rezos, más para protección de ella que por otra cosa. Estaba ya un poco avanzada en edad, le faltaban solo dos meses para jubilarse, y algunos enemigos se había ganado en la vida.

Prendió la tele para el noticiero matutito y aprovechó para revisar el mail. 500 casos más solo en esta mañana, 30 muertes confirmadas o dudosas, un padre que no puede ver a su hija, una hija que llega de España y debe hacer cuarentena en un hotel antes de ver a su madre agonizante. Decí que el Luis se murió de otra cosa, pensó. Pero no podía culpar al Covid por la muerte del perro, bien colgado lo habían dejado. La soga le partía el cuello, los ojos salidos y la lengua fuera, daban indicios de una muerte dolorosa y con saña.

Algo se lo merecía, el maldito perro tenía la costumbre de hacer sus necesidades en el sillón principal, y el aroma llegaba intenso a sus fosas nasales cuando daba clases en el comedor, sin poder frenar para airear, con cara de algo huele mal frente a la pantalla, ante las miradas atentas o no de sus traviesos alumnos con cámaras apagadas. No los ves, pero allí están, “te miden de pies a cabeza” se decía en la jerga educativa, ahora era de frente a pecho, ya se imaginaba los memes circulando por las redes. El cuerpo invertido todavía seguía allí cuando se asomó por la ventana. Ella no había tenido el valor de salir al patio, y el jardinero aún no llegaba.

Tenía un solo mail, desde una dirección de correo desconocida, con un mensaje algo amenazante: "Cuidado con lo que haces". Ahora sí tenía que ponerse a pensar quién podría haber sido: un alumno enojado por los trabajos pendientes, un vecino en venganza por la denuncia a la policía. Es que ella no se quedaba quieta, ya había generado los genes de vieja chismosa y tampoco buscaba disimularlo, todo barrio precisa una. Quería cumplir su rol ciudadano y cada vez que oía algo que se parecía a una juntada de más de 10 personas, marcaba el 0800: la fiesta de 15 de la hija del vecino, el asado de tenis del vecino del frente, el cumple de 2 añitos del de la otra cuadra, el con hisopado positivo que salía a correr a las 6 de la mañana. Le habían agarrado maña. Pero que querían que ella hiciera. Parece que todos eran víctimas y ella, la culpable.

Entonces, piensa: si tengo una dirección de correo, le voy a contestar, no tengo nada que temer, esto es solo una broma de mal gusto a una pobre vieja. Sin más preámbulos, asociando directamente el hecho con su perro fallecido, escribe:

Estimado asesino de perros: no sé bien sus razones para tan cruel hecho, pero le aseguro que no quedará impune. Usted no sabe quién soy yo. Está tratando con la excelentísima viuda, docente casi jubilada, Margarita Sánchez, esposa del difunto Luis. Le advierto que no me ha asustado. Será mejor que se cuide usted. Atentamente, MS

Las energías del día se habían agotado, se tomó el clásico té inglés antes de irse a la cama. Una vez con la cabeza en la almohada, los ojos se le cerraron esperando un descanso profundo. Escuchó un ruido. Ni abrió los ojos. No es nada, se dijo, un poco de viento. Algo cayó al piso. Ahora sí, abrió los ojos de par en par, movió las pupilas a cada lado por el filo de la sábana. Tranquila, Marga, esta casa tan grande, vos tan sola, es típico que escuches cosas, se apaciguaba a ella misma. Un tercer golpe la hizo saltar de la cama. Voy a ver, dijo, no me quedo acá esperando, si hay alguien que dé la cara, cobarde.

Agarró la linternita del celular, los alumnos le habían enseñado a usarla en clases presenciales para buscar los aros que se le caían al piso. Caminó por el pasillo, arrastrando las pantuflas. En otra ocasión, su perrito la hubiera acompañado, por primera vez, lo extrañó en serio. Le pareció ver una sombra que atravesada el pasillo. Se sobresaltó, el corazón le palpitaba más de lo normal. No me vas a fallar ahora, le dijo, agarrándose el pecho. Miró hacia la cocina, faltaba un cuchillo de los decorativos. Intentó convencerse de que ella misma lo había acomodado en otro lugar por error, estaba vieja esas cosas le pasaban.

Oyó algo detrás, en dirección a la puerta principal, le pareció entreabierta. El teléfono para hablar a la guardia estaba en esa dirección, si lograba alcanzarlo quizás podría pedir ayuda. Estaba casi segura de que había alguien dentro de la casa. Caminó sigilosa, pero las pantuflas la delataban. Culpa de esta pandemia, que uno se acostumbró tanto a ellas. Alcanzó el teléfono. Me salvé, pensó. Justo cuando estaba por llamar, lo vió, su reflejo frente al espejo. En una mano el celular con la linternita, en la otra, un cuchillo de decoración, su camisón ensangrentado de un día anterior y su propio rostro devolviéndole una sonrisa.

Al día siguiente, el jardinero la encontró. Hacía semanas que no se comunicaba y le debía un dinero. La puerta estaba entreabierta. Las patrullas policiales rodearon la casa. Habían revisado todo, pero no encontraron nada ajeno a ella misma. Sus huellas fueron encontradas en el perro y en el cuchillo. Qué fue, preguntó una vecina que miraba el operativo policial. Esquizofrenia, escuché yo, unos correos lo confirmaron, las dos cuentas eran de ella y se escribía a sí misma. Se volvió loca dando clases virtuales, parece, le contestó otra. Pero van a decir que es Covid, dijo una tercera, no sé qué es mejor, ahora nos toca encerrarnos una semana a todo el barrio por aislamiento preventivo.

 

 

La gran estafa

 

Para, copiar y pegar. De, estudiodeabogadoscba, arroba, gmail punto com (que suerte tuve, todavía no existe). Asunto (debe sonar importante pero familiar, simple, pero curioso, serio, pero no a fraude) dos puntos, “Trámite importante”. Querida Mari, dos puntos (María tiene que ser, por primer nombre, por segundo nombre, por apodo, hasta en inglés). Hace tiempo que intento contactarte (un 70 por ciento de personas busca gente con la que compartió algo). Compartimos hermosos momentos juntos (un 80 por ciento de personas añora cosas pasadas). Se que puedes estar aún consternada por la pérdida de ese ser querido (un 85 por ciento de personas ha perdido un familiar y es parte de sus derroteros de vida). Me alegra que con esfuerzo y dedicación hayas logrado salir adelante (un 76 por ciento de personas se vanagloria de superar obstáculos). Me tomo el atrevimiento de escribirte desde el estudio de abogados donde me encuentro trabajando actualmente (no me juzguen, no sé qué más hacer). Se ha puesto en contacto con nosotros un pariente tuyo que vive en el extranjero (la vida se ha puesto tan complicada, todos los caminos se han cerrado, un 69 por ciento de personas tienen uno o varios parientes viviendo en otros países). Precisa un reintegro de dinero pues está viviendo una situación hospitalaria desfavorable en este tiempo (lo virtual se ha puesto de moda, yo solo enviaré un mail, el 50 por ciento de casos registrados en los medios de comunicación cuentan historias trágicas de su internación en pandemia). Nos pidió el favor de hacer la transacción mediante el estudio de abogados para evitar intereses en el cambio de moneda internacional (aquí flaquea mi argumento, solo un 60 por ciento de personas que no ha finalizado sus estudios secundarios dudarían de este enunciado, el que no tenga pecados, tiré la primera piedra). A su vez, confiaba en que como yo te conocía, podría ayudarte con ello (y te conozco, me he estudiado todas las investigaciones porcentuales de patrones repetidos en la población, te conozco). No tenemos mucho tiempo, comprenderás (un 90 por ciento de personas actúa con exiguo raciocinio ante escasez de tiempo). Si estás de acuerdo, te proveemos los datos del estudio para que realices el depósito hoy mismo (el plural me despersonaliza, buena estrategia, soy bueno en esto, no tengo dudas). El CBU es, copiar y pegar, el monto es, copiar y pegar. Apenas tengamos novedades de que se ha concretado la operación (debe sonar formal) y del buen estado de salud de tu ser querido con una pronta y saludable recuperación gracias a tu ayuda, te escribo (vuelvo al tono cariñoso). Desde ya muchísimas gracias por dejarnos participar con nuestra humilde contribución a la realidad que estamos viviendo hoy en día (y un cierre tocando la sensibilidad, en este tiempo nadie se podría negar). Atentamente, tu querido amigo (el discípulo más amado, me siento Judas). Enter, enter, Este mail no puede ser respondido. (había escuchado millones de veces sobre mails falsos, uno más no podía hacer mal a nadie ¿o sí?, ¿me animaría?). Enter, enter (nunca me iba a enterar quien estuviera detrás de la pantalla leyendo esto, seríamos mil extraños, lo necesitaba, no era actividad esencial, de alguna manera esto era trabajar en virtualidad). Acercó cursor al botón de “enviar”. En ese momento le llegó un mail, “trámite urgente”, guardó en borrador y se puso a leer, la competencia.

 

Alma Amancay

 

 

El colectivo del Covid

Alma Amancay


 

El paro de transporte terminó. La paritaria salarial se concretó, los compañeros suspendidos fueron relocalizados, y volvían a las calles. Los medios de comunicación habían dicho de todo: que se restregaban de los derechos de trabajadores que precisaban trasladarse, que miles de pasajeros quedaban sin medio de transporte para situaciones esenciales, que el sueldo de un colectivero ya superaba en cinco veces al salario mínimo vital y móvil, intercalando paradójicamente las noticias de número de contagiados, número de muertos y restricciones de cuarentena. El mundo estaba frenado, las calles vacías por la cuarentena, pero ellos debían volver. Pronto sobre el asfalto, estos gigantes de hierro cruzaban la ciudad vacíos. Solo para esenciales, dijeron. Pero luego, la gente volvió también.

Él lo había lavado completo. Desde el recorte de sueldos por el tiempo frenados, también le tocaba hacer la limpieza. Pasó alcohol diluido en cada ventana y en cada apoya brazos. Tiró desinfectante en cada asiento, cubriéndose la nariz. Pasó el piso con trapeador, unas tres veces, y con ese producto mezcla amoníaco y lavandina. Tomó un trapo húmedo entre los guantes y lo introdujo en cada hueco y rendija. Se agachó debajo de los asientos y quitó los chicles con espátula. Borró los mensajes amorosos y odiosos de liquid papel en los respaldares: "no me dejes nunca", "qué tiene ella que no tenga yo", "agendá mi número para una noche de solteros", "aguanten las lesbianas". Los caños precisaban un tratamiento especial, primero les pasó detergente con una esponja, luego una franela con alcohol, por último, un poco de pulidor para que brillaran. Colocó armoniosamente, banco de por medio, un cartel que rezaba: "prohibido sentarse, distanciamiento social obligatorio". Etiquetó sus ventanas con calcomanías: "es obligatorio ir sentado y usar barbijo todo el tiempo". Un gracioso le había agregado con fibra una flecha saliendo de barbijo que decía “bien puesto, narigón”. Tuvo que usar tiner para sacarlo. Se quitó los zapatos de friselina y los guantes de hule. Se bañó de alcohol con un pulverizador, como si pudiera crear una capa protectora que lo inmunizara todo el camino. Se colocó su barbijo y su protector facial de plástico. Ya era su turno, se persignó y arrancó el motor. Su recorrido no había cambiado, salía desde la punta de línea en Camino San Carlos y se dirigía hacia el centro de la cuidad de Córdoba.

Los iba seleccionando, no confiaba en el aparato de la fiebre. Vos sí, vos no, vos sí. Según las caras, paraba. De a uno iban entrando y se colocaban en los asientos. La puerta de adelante se abría, y se cerraba, pero la de atrás no. Ni un movimiento. Nadie se podía parar, hasta controlaban la respiración, por las dudas. Los mayores de 60 no subían, contagiado y de riesgo, era doble peligro. No vaya a ser que sucediera algo justo en su colectivo. Si alguno atinaba a tocar algo fuera de su asiento, recibía una mirada asesina desde el retrovisor central. Si veía niños tampoco paraba, no pueden evitar el contacto y por ello no se puede tener ninguna certeza con ellos, además se cansaban rápido del barbijo. Las señoras con alcohol en gel a mano eran bien recibidas, esas que lo tienen enganchado a la cartera y lo van poniendo en todos lados, que hasta se subían restregándose los dedos compulsivamente. Los de doble barbijo también eran de confiar, más si venían con guantes descartables, y un paraguas para medir los dos metros de distancia. Una vez todos los asientos disponibles estuvieron ocupados ya no paró más.

Dobló sobre Bv. Illia, ya no podía seguir derecho hacia la terminal, la zona de los hospitales públicos era zona restringida desde que había comenzado la pandemia. Una patrulla de policías custodiaba su ingreso en la Bajada Pucará, conos naranjas en fila dibujaban una reja imaginaria, al ver eso el cuerpo se encrespa, sintiendo la muerte cerca. Pero uno no puedo evitar que se infle el pecho de orgullo al ver los murales del puente. Doctores como superhéroes, de miradas profundas, humildes y humanas, recordando el auténtico frente de batalla. Entre flores, sus rostros marcados por las máscaras, son homenaje y alerta, para que aquellos que pasan sepan que hay dentro de aquellos dinosaurios de cemento.

La puerta de atrás sigue sin abrirse. Nadie podía pararse a decir nada, menos gritar con el doble barbijo. Uno intentó hacer señas y recibió una mirada asesina del retrovisor central pues pasó cerca de un vidrio. Otro atinó a asomar un pie, y como respuesta hubo una frenada brusca. Ya llevaban como una hora en ese estado de silencio alcohólico. Ni una mosca volaba en aquella ballena de lavandina. El mundo podía estar penando, pero aquella cápsula inmunizada sobre ruedas era la seguridad absoluta, podían morir tranquilos allí. De repente, quebrantando su aliento pausado, concentrado en la línea recta del recorrido, se escuchó: "¿pero este colectivo para en algún lado o estamos todos yendo a la casa del chabón?"

 

 

Eternidad de un amor

(Alma Amancay)

 

Brota del centro de la tierra, pero nunca nadie supo su origen. Recorre cada capa terrestre hasta la biosfera, todavía no ha aprendido su auténtico movimiento, todavía asciende. Se hace un pequeño charco de agua, luego un río, un lago, un mar, un océano. Creen que se ha evaporado, que no podemos distinguirla entre las otras, pero ella tiene ese gusto tan particular, esa forma única, ese origen tan peculiar. Se vuelve aire, vapor, viento, nube y luego lluvia. Cae sobre la tierra en cámara lenta. Es la tierra llorando sus penas. Es purificación a veces y otras veces, simple alivio del mundo. Es estruendosa tormenta o fuerte huracán. 

Primero acompaña ese primer organismo unicelular que intenta salir del agua, es su traspiración, es su oxígeno, su último ahogo, su primer respiro. Queda varada en una planta, por millones de años. Hasta que una criatura enorme viene a su encuentro, su cuello largo la eleva por los cielos, la hace recorrer el mundo. Es su sudor, su saliva y porque no, su lágrima también, aquello también siente, y sintió la muerte. Pensó que su viaje había terminado, pero todavía quedaban ojos en el mundo, todavía había mejillas por bañar. Fue líquido para un mamífero, ingresó a su estómago y se convirtió en su oxígeno, su alimento y su desecho. Fue riego para un árbol inmenso, y pudo ser su savia, su hoja y su fruto. Luego voló como polen en el lomo de algún insecto. Se hizo nieve de un cerro y deshielo. Cayó por los ríos conociendo su movimiento, a los cabellos de un ser particular. Lo vio erguirse, girar pulgares. Desde sus cienes, acompañó su reproducción y evolución. En el pequeño extremo de su ojo se guardó por un tiempo, hasta que volvieran a requerirla.

Entonces comprendió lo que es ser ese primer llanto de un bebé para pedir abrigo, el grito de un niño al extraviar su juguete favorito, entendió lo que es ser pequeño y rasparse la rodilla, o estar en un cuarto oscuro y tener miedo. Vivió el primer amor y le rompieron el corazón, disfrutó un éxito, dolió una derrota, le destruyeron un sueño, se conmovió con una película y victoreo un gol de su equipo favorito. Tuvo un hijo y volvió a llorar. Le había gustado tanto ese recorrido que, por cada hijo, caía en sus mejillas y se encerraba en sus pupilas, esperando aquellos momentos de salir y acompañar.

Cree que es su propietaria, pero nadie sabe que surgió hace millones y millones de años, que no es suya, no puede controlarla, que juega con uno cuando más fuerte nos creemos. Su andar por este mundo es más profundo que el sentido efímero de un ser humano. Ella, en su forma particular, sabor peculiar, sabiduría legendaria, encierra todo el universo. Por eso cuando se siente que no se puede parar, que le quita el aire y le oprime el pecho, cuando se siente más fuerte que uno mismo, es porque ella es una lágrima eterna. Que no les engañe, no es de tristeza, es de infinito amor.  Cuando de rodillas contra el piso, ella cae con fuerza y deje una marca sobre la tierra, le recuerda quién es y la hace levantarse.

Así fue su vida, resumida en una lágrima o fundida en un abrazo.

Elástica extensión hacia un lado, prolongación que se amplía hacia el otro, semicírculo que se dibuja entre palmas, apertura de aire contenido, aleteo de oraciones, las palabras se abren, se extienden. Era un momento importante, se había casado y todos la están felicitando, ambas se habían vestido para la ocasión y flotaba en el aire las sonrisas y destellos de alegría. Puerta, ventana, caja de zapatos, cáscara de huevo, mar abierto, salida de puerto, camino, ruta, libro de tapas duras, abrir, ampliar, extender, rodear. Llego el momento de saludarse, abuela y nieta, que mejor forma que falten las palabras, sus miradas se cruzaron y sus cuerpos se inclinaron para lados contrarios, los vestidos crujieron un poco mientras sus brazos se extendían como lazos, lazo de amor eterno. Este es un brazo de este texto.

El otro brazo se funde en un silencio sonoro, no suena, entonces sigue significando... ternura, amor, contención, contemplación, suspiro, como los ojos se cierran sobre un hombro así este texto eclipsa su sentido, no ve, ciego impulso interior, freno del paso del tiempo, pequeño sopor del contacto. Nieta y abuela se fundieron en un abrazo de foto, su registro las acompañará por siempre, no se ven los rostros, solo las espaldas, todo se ha congelado a su alrededor, pero algunas miradas curiosas están intentando sentir lo que ellas sienten, están guardando también aquella imagen desde otro ángulo, como espectadores añoran la participación en aquel momento. No narro, pues yo texto soy el gesto. Mis palabras hacen el movimiento, se extendieron, armaron el semicírculo, rodearán y se cerrarán.

Los abrazos de los abuelos tienen eso, suenan a despedida y a antigüedad, guardan ocultos años de experiencia y amor familiar. Mantel volando sobre la mesa, sábanas al viento en un tender, oscuridad de la noche que llegas con el atardecer, masa bajo palo de amasar, va, prolonga, estira extremidad de este texto. Ellas se sentían parecidas, los brazos jóvenes de la nieta sostuvieron con fuerza la ternura del cuerpo ya en decadencia de la abuela, sintió en su cuello aquel perfume irresistible a la memoria y no pudo dejar de extrañarla, aunque la tuviera entre sus brazos. Compás de palabras, luna menguante de tinta, medialuna de papel, rodea, abraza, encuentra, abre tu pecho de signos. La abuela la abraza porque sentía que debía hacerlo, la abrazo por protocolo social y por paso de herencia, la abraza porque el mundo le estaba regalando últimas oportunidades, porque algo había hecho en este mundo y podía verse en su descendencia.

Último movimiento, final de todo, eclipse de tiempo, se estrecha, se contraen, candado sin llave, palabra contra palabra, se amontonan, se cierran una sobre la otra, se envuelven, no se sueltan, te tengo, te contengo, una última fuerza, estrujón, apretón muscular de sentido. Abuela y nieta fundidas en aquel abrazo, fueron solo instantes, que han quedado eternos, no pueden olvidarse, quizás no estén tan claros todos los detalles de aquel momento, pero en la piel, en los poros, como en el interior de uno haciendo cosquillas por dentro, todavía está presente aquel encuentro, es como si tuviera vida propia, y fuera más allá de lo cognoscible. Lo intenté. Mundo, intenté abrazarte, con las palabras.

Ella se fue, no pudimos despedirnos. Quieren vender su casa, yo tengo que acondicionarla. Cuando volví a entrar en aquella edificación, todo me recordaba a ellos. Cada rincón se llenaba de recuerdos. Su olor aún se conservaba en el lugar. Nada había cambiado. No había muebles, pero el espectro de cada cosa se mantenía en su lugar, mi silueta se movía por el espacio esquivando invisibles. Fui a abrir viejos cajones, a pesar de que sabía que no encontraría nada. Solo necesitaba la sensación de abrirlo, solo lo abrí y lo cerré, en un simple movimiento, en un simple gesto, mi mano repetía movimientos mecánicos de antaño, era la sensación del cuerpo lo que buscaba, no solo el cajón. Ante mis ojos, todo estaba allí, en aquel viejo cajón de los remedios, donde robaba las aspirinetas. Caminé por sus pasillos a oscuras, no necesitaba luz, todo mi ser conocía de memoria cada centímetro, no veía con los ojos, veía con los pies, veía con el corazón. Los estaba buscando. Los encontré acostados en sus camas tomando mate a la mañana y escuchando la misa en la radio. La descubrí maquillándose frente al espejo. Lo espié haciendo gimnasia en la bicicleta fija. La observé cocinar postre de yogurt y gelatina. Lo acompañé mientras miraba el noticiero y acariciaba a la pequeña caniche en su regazo. La vi salir por la puerta hacia el patio con la regadera. Lo contemplé de lejos, una vez más, dándole de comer alpiste al ruiseñor. Quise hacer lo que hacía de niña, y sentirme pequeña nuevamente. Aquella lágrima eterna volvió en este momento también. Con el índice, la tomé entre mis manos desde mi mejilla. La miré con ternura, pues hablaba de amor infinito.

Lo recordaré siempre con claridad. Estaba inmóvil, a oscuras, con el manojo de llaves en la mano, cuando escuché algo. Comencé a abrir todas las puertas, los destellos de luz ingresaron, trazando haces en los rincones, iluminaban partículas que flotaban bailando ante los ojos. En ese momento pensé que el sonido venía del comedor o la biblioteca como un famoso cuento que leí en la escuela, de un reconocido autor argentino. Abrí todas las ventanas, corrí cortinas y levanté persianas, el aire de afuera impregnó la casa, una corriente de aire fresco cruzó las habitaciones, todo se puso en movimiento. Entonces volví a escucharlo, pero estaba equivocaba, no me estaba echando, todo lo contrario, quería que entremos. Abrí cada cajón, cada placard, cada armario. No era suficiente, las paredes me parecían cerradas, tomadas. Entonces tomé un maso y comencé a partir ladrillo por ladrillo, y llené el espacio de agujeros. Volví a escucharlo, estaba muy cerca, seguía retumbando, necesitaban más apertura, entonces subí al techo y comencé a retirar las tejas. Contrariaba todo aislamiento. Entraron pájaros, roedores e insectos de todos los tamaños. Crecieron las plantas hacia su interior haciendo lianas y tupidas arboledas, que se extendían por los escombros del techo buscando el sol. Rompieron cuarentenas. La casa se volvió un ecosistema inmenso en este mundo de penurias. Allí estaban esos ruidos nuevamente, se oían más fuerte. Aparecieron en los espacios vacíos cosas nuevas que reemplazaron a las anteriores, embelleciendo naturalmente las nostalgias pasadas, florecieron y germinaron levantando baldosas y corriendo cerámicos. Desde la puerta del dormitorio oí el ruido, no venía de la cocina, ni del baño. Me quedé escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado, cerca de mí, muy cerca. Ese extraño sonido no venía de afuera, venía de mi adentro, y rugía por salir.

 

 (Homenaje a los abuelos en esta pandemia)