El colectivo del Covid
Alma Amancay
El paro de transporte terminó. La
paritaria salarial se concretó, los compañeros suspendidos fueron
relocalizados, y volvían a las calles. Los medios de comunicación habían dicho
de todo: que se restregaban de los derechos de trabajadores que precisaban
trasladarse, que miles de pasajeros quedaban sin medio de transporte para
situaciones esenciales, que el sueldo de un colectivero ya superaba en cinco
veces al salario mínimo vital y móvil, intercalando paradójicamente las
noticias de número de contagiados, número de muertos y restricciones de
cuarentena. El mundo estaba frenado, las calles vacías por la cuarentena, pero
ellos debían volver. Pronto sobre el asfalto, estos gigantes de hierro cruzaban
la ciudad vacíos. Solo para esenciales, dijeron. Pero luego, la gente volvió
también.
Él lo había lavado completo. Desde el
recorte de sueldos por el tiempo frenados, también le tocaba hacer la limpieza.
Pasó alcohol diluido en cada ventana y en cada apoya brazos. Tiró desinfectante
en cada asiento, cubriéndose la nariz. Pasó el piso con trapeador, unas tres
veces, y con ese producto mezcla amoníaco y lavandina. Tomó un trapo húmedo
entre los guantes y lo introdujo en cada hueco y rendija. Se agachó debajo de
los asientos y quitó los chicles con espátula. Borró los mensajes amorosos y
odiosos de liquid papel en los respaldares: "no me dejes nunca",
"qué tiene ella que no tenga yo", "agendá mi número para una
noche de solteros", "aguanten las lesbianas". Los caños
precisaban un tratamiento especial, primero les pasó detergente con una
esponja, luego una franela con alcohol, por último, un poco de pulidor para que
brillaran. Colocó armoniosamente, banco de por medio, un cartel que rezaba:
"prohibido sentarse, distanciamiento social obligatorio". Etiquetó
sus ventanas con calcomanías: "es obligatorio ir sentado y usar barbijo
todo el tiempo". Un gracioso le había agregado con fibra una flecha
saliendo de barbijo que decía “bien puesto, narigón”. Tuvo que usar tiner para
sacarlo. Se quitó los zapatos de friselina y los guantes de hule. Se bañó de
alcohol con un pulverizador, como si pudiera crear una capa protectora que lo inmunizara
todo el camino. Se colocó su barbijo y su protector facial de plástico. Ya era
su turno, se persignó y arrancó el motor. Su recorrido no había cambiado, salía
desde la punta de línea en Camino San Carlos y se dirigía hacia el centro de la
cuidad de Córdoba.
Los iba seleccionando, no confiaba en el
aparato de la fiebre. Vos sí, vos no, vos sí. Según las caras, paraba. De a uno
iban entrando y se colocaban en los asientos. La puerta de adelante se abría, y
se cerraba, pero la de atrás no. Ni un movimiento. Nadie se podía parar, hasta
controlaban la respiración, por las dudas. Los mayores de 60 no subían,
contagiado y de riesgo, era doble peligro. No vaya a ser que sucediera algo
justo en su colectivo. Si alguno atinaba a tocar algo fuera de su asiento,
recibía una mirada asesina desde el retrovisor central. Si veía niños tampoco
paraba, no pueden evitar el contacto y por ello no se puede tener ninguna
certeza con ellos, además se cansaban rápido del barbijo. Las señoras con
alcohol en gel a mano eran bien recibidas, esas que lo tienen enganchado a la
cartera y lo van poniendo en todos lados, que hasta se subían restregándose los
dedos compulsivamente. Los de doble barbijo también eran de confiar, más si
venían con guantes descartables, y un paraguas para medir los dos metros de
distancia. Una vez todos los asientos disponibles estuvieron ocupados ya no
paró más.
Dobló sobre Bv. Illia, ya no podía
seguir derecho hacia la terminal, la zona de los hospitales públicos era zona
restringida desde que había comenzado la pandemia. Una patrulla de policías
custodiaba su ingreso en la Bajada Pucará, conos naranjas en fila dibujaban una
reja imaginaria, al ver eso el cuerpo se encrespa, sintiendo la muerte cerca.
Pero uno no puedo evitar que se infle el pecho de orgullo al ver los murales
del puente. Doctores como superhéroes, de miradas profundas, humildes y
humanas, recordando el auténtico frente de batalla. Entre flores, sus rostros
marcados por las máscaras, son homenaje y alerta, para que aquellos que pasan sepan
que hay dentro de aquellos dinosaurios de cemento.
La puerta de atrás sigue sin abrirse.
Nadie podía pararse a decir nada, menos gritar con el doble barbijo. Uno
intentó hacer señas y recibió una mirada asesina del retrovisor central pues
pasó cerca de un vidrio. Otro atinó a asomar un pie, y como respuesta hubo una
frenada brusca. Ya llevaban como una hora en ese estado de silencio alcohólico.
Ni una mosca volaba en aquella ballena de lavandina. El mundo podía estar
penando, pero aquella cápsula inmunizada sobre ruedas era la seguridad
absoluta, podían morir tranquilos allí. De repente, quebrantando su aliento
pausado, concentrado en la línea recta del recorrido, se escuchó: "¿pero
este colectivo para en algún lado o estamos todos yendo a la casa del
chabón?"
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