sábado, 11 de junio de 2022

 

El colectivo del Covid

Alma Amancay


 

El paro de transporte terminó. La paritaria salarial se concretó, los compañeros suspendidos fueron relocalizados, y volvían a las calles. Los medios de comunicación habían dicho de todo: que se restregaban de los derechos de trabajadores que precisaban trasladarse, que miles de pasajeros quedaban sin medio de transporte para situaciones esenciales, que el sueldo de un colectivero ya superaba en cinco veces al salario mínimo vital y móvil, intercalando paradójicamente las noticias de número de contagiados, número de muertos y restricciones de cuarentena. El mundo estaba frenado, las calles vacías por la cuarentena, pero ellos debían volver. Pronto sobre el asfalto, estos gigantes de hierro cruzaban la ciudad vacíos. Solo para esenciales, dijeron. Pero luego, la gente volvió también.

Él lo había lavado completo. Desde el recorte de sueldos por el tiempo frenados, también le tocaba hacer la limpieza. Pasó alcohol diluido en cada ventana y en cada apoya brazos. Tiró desinfectante en cada asiento, cubriéndose la nariz. Pasó el piso con trapeador, unas tres veces, y con ese producto mezcla amoníaco y lavandina. Tomó un trapo húmedo entre los guantes y lo introdujo en cada hueco y rendija. Se agachó debajo de los asientos y quitó los chicles con espátula. Borró los mensajes amorosos y odiosos de liquid papel en los respaldares: "no me dejes nunca", "qué tiene ella que no tenga yo", "agendá mi número para una noche de solteros", "aguanten las lesbianas". Los caños precisaban un tratamiento especial, primero les pasó detergente con una esponja, luego una franela con alcohol, por último, un poco de pulidor para que brillaran. Colocó armoniosamente, banco de por medio, un cartel que rezaba: "prohibido sentarse, distanciamiento social obligatorio". Etiquetó sus ventanas con calcomanías: "es obligatorio ir sentado y usar barbijo todo el tiempo". Un gracioso le había agregado con fibra una flecha saliendo de barbijo que decía “bien puesto, narigón”. Tuvo que usar tiner para sacarlo. Se quitó los zapatos de friselina y los guantes de hule. Se bañó de alcohol con un pulverizador, como si pudiera crear una capa protectora que lo inmunizara todo el camino. Se colocó su barbijo y su protector facial de plástico. Ya era su turno, se persignó y arrancó el motor. Su recorrido no había cambiado, salía desde la punta de línea en Camino San Carlos y se dirigía hacia el centro de la cuidad de Córdoba.

Los iba seleccionando, no confiaba en el aparato de la fiebre. Vos sí, vos no, vos sí. Según las caras, paraba. De a uno iban entrando y se colocaban en los asientos. La puerta de adelante se abría, y se cerraba, pero la de atrás no. Ni un movimiento. Nadie se podía parar, hasta controlaban la respiración, por las dudas. Los mayores de 60 no subían, contagiado y de riesgo, era doble peligro. No vaya a ser que sucediera algo justo en su colectivo. Si alguno atinaba a tocar algo fuera de su asiento, recibía una mirada asesina desde el retrovisor central. Si veía niños tampoco paraba, no pueden evitar el contacto y por ello no se puede tener ninguna certeza con ellos, además se cansaban rápido del barbijo. Las señoras con alcohol en gel a mano eran bien recibidas, esas que lo tienen enganchado a la cartera y lo van poniendo en todos lados, que hasta se subían restregándose los dedos compulsivamente. Los de doble barbijo también eran de confiar, más si venían con guantes descartables, y un paraguas para medir los dos metros de distancia. Una vez todos los asientos disponibles estuvieron ocupados ya no paró más.

Dobló sobre Bv. Illia, ya no podía seguir derecho hacia la terminal, la zona de los hospitales públicos era zona restringida desde que había comenzado la pandemia. Una patrulla de policías custodiaba su ingreso en la Bajada Pucará, conos naranjas en fila dibujaban una reja imaginaria, al ver eso el cuerpo se encrespa, sintiendo la muerte cerca. Pero uno no puedo evitar que se infle el pecho de orgullo al ver los murales del puente. Doctores como superhéroes, de miradas profundas, humildes y humanas, recordando el auténtico frente de batalla. Entre flores, sus rostros marcados por las máscaras, son homenaje y alerta, para que aquellos que pasan sepan que hay dentro de aquellos dinosaurios de cemento.

La puerta de atrás sigue sin abrirse. Nadie podía pararse a decir nada, menos gritar con el doble barbijo. Uno intentó hacer señas y recibió una mirada asesina del retrovisor central pues pasó cerca de un vidrio. Otro atinó a asomar un pie, y como respuesta hubo una frenada brusca. Ya llevaban como una hora en ese estado de silencio alcohólico. Ni una mosca volaba en aquella ballena de lavandina. El mundo podía estar penando, pero aquella cápsula inmunizada sobre ruedas era la seguridad absoluta, podían morir tranquilos allí. De repente, quebrantando su aliento pausado, concentrado en la línea recta del recorrido, se escuchó: "¿pero este colectivo para en algún lado o estamos todos yendo a la casa del chabón?"

 

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