sábado, 11 de junio de 2022

 

La viuda de la pandemia

Alma Amancay

 

 


 

Pero le digo, señor, que han matado a mi perro. Debe haber cámaras o algo, esto no puede quedar así -. Corta el teléfono luego de discutir con el guardia del barrio por media hora. Aprovechó para mirarse en el espejo de cuerpo completo que estaba a su lado, frente a la puerta de ingreso. Se vio espléndida, con algunas arrugas más que ayer. Desde hace 5 años que se vale por sí misma, su Luis la dejó sola por ese mal hábito del cigarrillo. Ella siempre le dijo que amaba el pucho más que a su vida y tenía razón, se la quitó. Estaba segura que era causante de alguno de los terribles incendios de los últimos años con ese mal hábito de arrojar colillas por la ventanilla, semejante pecado clandestino solo se lo podía cobrar Dios. Ahora, también la dejaba el perro, estaba desgraciada. Por suerte, el Luis le había dejado la casa del country con vista a las Sierras de Córdoba, de algo estaba tranquila, ladrones no eran.

Ya se le había hecho tarde, por ponerse a pelear con la guardia a esas horas de la madrugada, iba a llegar tarde a su clase virtual de esa mañana. Qué les iba a decir a los alumnos, que había encontrado el perro colgado de un árbol, no le iban a creer, ellos inventaban mejores escusas para ingresar tarde a la llamada: profe, tenía un turno médico, profe, mi hermana estaba usando la compu para rendir un parcial, profe, se me cortó el internet. Los chicos de quinto año la esperaban para hablar de literatura mexicana, con información sacada de internet, claro está, y luego los de sexto, para compartir sus no lecturas de Martín Fierro, mezcladas con un poco de Rincón del vago. Coronando la mañana, los alumnitos de tercero se habían copiado por Whatsapp todas las tildes del texto.

Intercalaba las clases con alguna reunión con la directora vía Meet, revisar el correo y chusmear en recreos virtuales por el grupo de profes "Nuestros alumnos primero", nombre que le quedaba algo irónico a estas alturas de las circunstancias. Allí lo del perro causó un poco más de impresión. ¿Estás bien? ¿Querés tomarte licencia? Vamos a hacer unos rezos en su nombre. Entre otras pavadas, que no entendió. Era un perro, pensó. Pero algo de impresión le causó el asunto, y aceptó lo de los rezos, más para protección de ella que por otra cosa. Estaba ya un poco avanzada en edad, le faltaban solo dos meses para jubilarse, y algunos enemigos se había ganado en la vida.

Prendió la tele para el noticiero matutito y aprovechó para revisar el mail. 500 casos más solo en esta mañana, 30 muertes confirmadas o dudosas, un padre que no puede ver a su hija, una hija que llega de España y debe hacer cuarentena en un hotel antes de ver a su madre agonizante. Decí que el Luis se murió de otra cosa, pensó. Pero no podía culpar al Covid por la muerte del perro, bien colgado lo habían dejado. La soga le partía el cuello, los ojos salidos y la lengua fuera, daban indicios de una muerte dolorosa y con saña.

Algo se lo merecía, el maldito perro tenía la costumbre de hacer sus necesidades en el sillón principal, y el aroma llegaba intenso a sus fosas nasales cuando daba clases en el comedor, sin poder frenar para airear, con cara de algo huele mal frente a la pantalla, ante las miradas atentas o no de sus traviesos alumnos con cámaras apagadas. No los ves, pero allí están, “te miden de pies a cabeza” se decía en la jerga educativa, ahora era de frente a pecho, ya se imaginaba los memes circulando por las redes. El cuerpo invertido todavía seguía allí cuando se asomó por la ventana. Ella no había tenido el valor de salir al patio, y el jardinero aún no llegaba.

Tenía un solo mail, desde una dirección de correo desconocida, con un mensaje algo amenazante: "Cuidado con lo que haces". Ahora sí tenía que ponerse a pensar quién podría haber sido: un alumno enojado por los trabajos pendientes, un vecino en venganza por la denuncia a la policía. Es que ella no se quedaba quieta, ya había generado los genes de vieja chismosa y tampoco buscaba disimularlo, todo barrio precisa una. Quería cumplir su rol ciudadano y cada vez que oía algo que se parecía a una juntada de más de 10 personas, marcaba el 0800: la fiesta de 15 de la hija del vecino, el asado de tenis del vecino del frente, el cumple de 2 añitos del de la otra cuadra, el con hisopado positivo que salía a correr a las 6 de la mañana. Le habían agarrado maña. Pero que querían que ella hiciera. Parece que todos eran víctimas y ella, la culpable.

Entonces, piensa: si tengo una dirección de correo, le voy a contestar, no tengo nada que temer, esto es solo una broma de mal gusto a una pobre vieja. Sin más preámbulos, asociando directamente el hecho con su perro fallecido, escribe:

Estimado asesino de perros: no sé bien sus razones para tan cruel hecho, pero le aseguro que no quedará impune. Usted no sabe quién soy yo. Está tratando con la excelentísima viuda, docente casi jubilada, Margarita Sánchez, esposa del difunto Luis. Le advierto que no me ha asustado. Será mejor que se cuide usted. Atentamente, MS

Las energías del día se habían agotado, se tomó el clásico té inglés antes de irse a la cama. Una vez con la cabeza en la almohada, los ojos se le cerraron esperando un descanso profundo. Escuchó un ruido. Ni abrió los ojos. No es nada, se dijo, un poco de viento. Algo cayó al piso. Ahora sí, abrió los ojos de par en par, movió las pupilas a cada lado por el filo de la sábana. Tranquila, Marga, esta casa tan grande, vos tan sola, es típico que escuches cosas, se apaciguaba a ella misma. Un tercer golpe la hizo saltar de la cama. Voy a ver, dijo, no me quedo acá esperando, si hay alguien que dé la cara, cobarde.

Agarró la linternita del celular, los alumnos le habían enseñado a usarla en clases presenciales para buscar los aros que se le caían al piso. Caminó por el pasillo, arrastrando las pantuflas. En otra ocasión, su perrito la hubiera acompañado, por primera vez, lo extrañó en serio. Le pareció ver una sombra que atravesada el pasillo. Se sobresaltó, el corazón le palpitaba más de lo normal. No me vas a fallar ahora, le dijo, agarrándose el pecho. Miró hacia la cocina, faltaba un cuchillo de los decorativos. Intentó convencerse de que ella misma lo había acomodado en otro lugar por error, estaba vieja esas cosas le pasaban.

Oyó algo detrás, en dirección a la puerta principal, le pareció entreabierta. El teléfono para hablar a la guardia estaba en esa dirección, si lograba alcanzarlo quizás podría pedir ayuda. Estaba casi segura de que había alguien dentro de la casa. Caminó sigilosa, pero las pantuflas la delataban. Culpa de esta pandemia, que uno se acostumbró tanto a ellas. Alcanzó el teléfono. Me salvé, pensó. Justo cuando estaba por llamar, lo vió, su reflejo frente al espejo. En una mano el celular con la linternita, en la otra, un cuchillo de decoración, su camisón ensangrentado de un día anterior y su propio rostro devolviéndole una sonrisa.

Al día siguiente, el jardinero la encontró. Hacía semanas que no se comunicaba y le debía un dinero. La puerta estaba entreabierta. Las patrullas policiales rodearon la casa. Habían revisado todo, pero no encontraron nada ajeno a ella misma. Sus huellas fueron encontradas en el perro y en el cuchillo. Qué fue, preguntó una vecina que miraba el operativo policial. Esquizofrenia, escuché yo, unos correos lo confirmaron, las dos cuentas eran de ella y se escribía a sí misma. Se volvió loca dando clases virtuales, parece, le contestó otra. Pero van a decir que es Covid, dijo una tercera, no sé qué es mejor, ahora nos toca encerrarnos una semana a todo el barrio por aislamiento preventivo.

 

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